Ir al contenido principal

Diferencia sexuada del vestir.

Por Lucas Boxaca y Luciano Lutereau*

La relación con la ropa y el vestir en el hombre y la mujer son totalmente diferentes en la mirada psicoanalítica.


La ropa ocupa en nuestras vidas un lugar mucho más que funcional. No sólo por los valores estéticos que suele encarnar -nadie se viste para no estar desnudo-, sino por el uso psíquico que adquiere a partir de la diferencia entre los sexos. Sin embargo, no se trata de esclarecer una variación de género (de acuerdo con códigos que establecen qué debe usar un hombre o una mujer), sino de verificar una acepción que determina la particular posición que hombres y mujeres mantienen con las prendas más allá de sus rasgos propios.
Es algo corriente advertir que los hombres no se apasionan por la ropa como sí lo hacen las mujeres. Salvo excepciones, los varones suelen tener una actitud más o menos desprendida, aunque tampoco se la pueda calificar como indiferente. Es una relación que podríamos llamar "viscosa", dado que pueden utilizar la misma ropa durante años, hasta que casi queda convertida en un harapo.
Mientras que las mujeres pueden volver a utilizar un mismo vestido y, con una pequeña modificación, lo convierten en otro. En todo caso, si de algo se quejan los hombres es de la necesidad constante de las mujeres de adquirir prendas. "¿Otro par de zapatos? ¿Otro abrigo?", y así sucesivamente. Asimismo, no pocas veces una reunión entre mujeres concluye (o se inicia) con un bolso del que surgen vestimentas que comienzan a intercambiarse. Las mujeres se prestan ropa de un modo que los hombres jamás aceptarían. ¿No sería extraño que un varón comentara en una reunión que el pantalón que lleva puesto es de un amigo? Para que la ajenidad de la circunstancia se redujese deberíamos pensar que ocurrió algún incidente que lo justificara, una causa de fuerza mayor; mientras que entre mujeres la ropa pasa de mano en mano y, por lo general, se adquiere y se transmite con la fuerza del diminutivo: "Una remerita", "Una camperita", etc.
Ahora bien, tratemos de pensar esta cuestión, que a primera vista puede parecer una generalización empírica, desde una perspectiva estructural, que permita extraer modos de deseo, más allá del "género". Lacan sostenía lo siguiente: "La mujer demuestra ser superior en el dominio del goce, porque su vínculo con el nudo del deseo es mucho más laxo. La falta, el signo menos con que está marcada la función fálica para el hombre, y que hace que su vínculo con el objeto deba pasar por la negativización del falo y el complejo de castración "el estatuto del menos phi en el centro del deseo del hombre", he aquí algo que no es para la mujer un nudo necesario(1)."
En consecuencia, el falo está en el centro del deseo del hombre, tal como demuestran la dimensión del riesgo, el ansia (si se tendrá éxito o no), etc., que suponen la dimensión del falo y su negativización. Dicho de otro modo, que el deseo del hombre esté atravesado por la negatividad implica que está condicionado por la falta (de valores fálicos: dinero, libertad, etc., o cualquier otro sustituto para esta falta reducible). Por eso, podría decirse que con el falo se trata de "la limitación que le impone al hombre su relación con el deseo, que inscribe el objeto en la columna de lo negativo", como sostiene Lacan. De este modo, si llevamos esta reflexión a la cuestión de la vestimenta, en última instancia para el deseo macho se trata de tener ropa, del valor de la vestimenta como objeto de prestancia. De ahí su correlato, en la degradación constante a un objeto instrumental.
De acuerdo con esta perspectiva, que aprecia una relación más laxa entre la mujer y el objeto, la mujer desea a través de causar el deseo, con el recurso a la tentación, en la que los más diversos expedientes son válidos (desde una manzana hasta un portaligas, o un brillo en la nariz).
Una mujer sabe que no le falta nada; o, mejor dicho, que su modo de relacionarse con la falta no es través del tener. Es a través de fantasmas masculinos que suele expresarse la interpretación de que a una mujer le faltaría algo "dinero, sexo (como bien lo expresa el mote de "mal atendida"), etc" que se resolvería con un sustituto fálico. En todo caso, según Lacan, al hombre se le podría dar una suerte de consejo muy concreto: "Se trata precisamente de esto, que él se dé cuenta de que no hay nada que encontrar, porque lo que es el objeto de la búsqueda para un hombre, para el deseo macho, sólo le concierne, por así decir, a él."
A partir de estas observaciones, para concluir, cabría preguntarse si acaso la envidia del pene no es un concepto que, pensado como originario, resumiría una concepción del análisis desde la perspectiva del hombre. A esta posición responde Lacan en este mismo seminario 10, con una observación que merece ser tenida en cuenta: "Si resulta que ella se interesa propiamente en la castración, es en la medida en que entra en los problemas del hombre. Es secundario. Es deutero fálica".
(1)Seminario 10, J. Lacan.

*Psicoanalistas, docentes e investigadores en UBA. Autores de Introducción a la clínica psicoanalítica (2013) y Celos y envidia (2014). Este artículo es un anticipo de su próximo libro Impurezas del deseo.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-47639-2015-01-22.html 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Triángulos amorosos

En la vida hay que evitar tres figuras geométricas: los círculos viciosos, los triángulos amorosos y las mentes cuadradas, expresó alguna vez Mario Benedetti. Esas figuras parecen ganar hoy todo su peso en la economía libidinal de algunos de los sujetos que demandan un análisis. Círculos viciosos, alentados por la lógica del consumo, que consume al consumidor. Triángulos amorosos, sostenidos en la búsqueda de una terceridad que garantice la llama oscilante de un deseo clande stino. Sobre las mentes cuadradas, sin inflexiones peyorativas, el rechazo de lo inconsciente, tal vez.  La continuidad de procesos antiguos, que visten ropajes modernos, son en sí viejos asuntos que suscitan nuevos interrogantes. ¿Se trata del/al mismo sujeto? No lo parece, porque lo inconsciente se reinventa. Sin embargo es coherente advertir que la trama oculta del malestar se ha escrito siempre con la misma pluma de imposibilidades.   En nuestros tiempos, modernos, post modernos, dos...

Notas de interés.

Martín Alomo presenta la revista Nadie Duerma. ¿Qué significa analizar? Ignacio Iglesias Colillas. Celos y envidia. Dos pasiones del ser. Variantes de lo tíquico.   Referencias al amor. Actualidad y singularidad.

Actualidad y singularidad.

Por Luciano Salinas . Los sujetos de una sociedad pertenecen no solo a la cultura inherente al medio que habitan, sino también a otra variable: el tiempo de su época.  En vías de explorar los padecimientos, podemos agregar que en cada momento de la historia de occidente han sido los sujetos actuantes (sujetos políticos decimos con Aristóteles, aquellos pertenecientes a la polis/la ciudad)  los que han señalado los malestares en la cultura. La vida social, la conducta de pertenecer y hacer-para pertenecer a una sociedad, implica obligaciones que muchas veces producen efectos sobre el estado anímico de las personas. Comodidades enmarcadas en exigencias que pueden ser difíciles de soportar. En la época victoriana, las prohibiciones a disfrutar de los placeres de la vida resultaban una suerte de dogma, de represión, aquella que Freud supo entender mientras leía a la letra los acontecimientos de su tiempo a través de los decires de sus pacientes. Hoy dí...